No es fácil construir una definición de la Trinidad. Algunas se hacen por declarar varias proposiciones. Otras yerran por la parte de la unidad o de lo trino. Una de las mejores es la de Warfield: “Solamente hay un Dios único y verdadero, pero en la unidad de la Deidad hay tres personas coeternas y coiguales, iguales en substancia pero distintas en subsistencia” (B.B.
Warfield, “Trinity”, The International Standard Bible Encyclopedia, James Orr, ed. [Grand Rapids. Eerdmans, 1930],5:3012).

La palabra “personas” pudiera traer confusión, como si hubiera tres individuos en la Deidad, pero ¿qué otra palabra pudiera ser adecuada? La palabra “substancia” pudiera ser demasiado materialista; algunos preferirían usar la palabra “esencia”. Muchos pudieran no conocer el significado de “subsistencia”, pero un diccionario bastaría para arreglar eso (“existencia necesaria”).
Positivamente, la definición afirma claramente, a la vez, la unidad y lo trino y es cuidadosa en mantener la igualdad y la eternidad de los Tres. Aun si la palabra “persona” no fuera la mejor, ella nos guarda del modalismo, y, por supuesto, la frase “igual en substancia” (o acaso mejor, esencia) protege contra el triteísmo. La esencia entera, no dividida, de Dios le pertenece igualmente a cada una de las tres personas.

Juan 10:30: “Yo y el Padre uno somos”, declara en forma bella este balance entre la diversidad de las personas y la unidad de la esencia. “Yo y el Padre” distingue claramente entre dos personas, y el verbo, “somos”, también es plural.
Pero, dijo el Señor, “uno somos”; y “uno” es neutro; es decir, uno en naturaleza o esencia, pero no una persona (que requeriría en griego, la forma masculina). Así el Señor se distinguió a Sí mismo del Padre y, sin embargo, reclamó la unidad e igualdad con el Padre.
Tradicionalmente el concepto de la Trinidad ha sido visto desde (a) una perspectiva ontológica y (b) una económica o administrativa. La Trinidad ontológica atiende a las operaciones personales de las personas o las opera ad intra (las obras adentro), o las propiedades personales por las cuales las personas se distinguen. Tiene que ver con la generación (filiación o engendramiento) y procedencia, con lo que se intenta indicar un orden lógico dentro de la Trinidad, pero no implica en ninguna forma la desigualdad, prioridad de tiempo, o grados de dignidad. La generación y la procedencia ocurren dentro del Ser divino y no llevan en sí noción alguna de subordinación de esencia. (1) El Padre engendra al Hijo y El es de quien
el Espíritu Santo procede, aunque el Padre ni es engendrado ni tampoco procede de nadie. (2) El Hijo es engendrado y El es de quien el Espíritu Santo procede, pero El ni engendra ni procede. (3) El Espíritu Santo procede de ambos, del Padre y el Hijo, pero El ni engendra ni de El procede alguno.
Yo estoy de acuerdo con BusweIl (A Systematic Theology of the Christian Religion, pp. 105–12) en que la generación no es una doctrina basada en la exégesis. El concepto que intenta comunicar, sin embargo, no es contrario a las Escrituras, y ciertamente la doctrina de la relación de Hijo es bíblica. La frase “generación eterna” simplemente intenta describir la relación de Padre-Hijo en la Trinidad y, por usar la palabra “eterna”, protegerla de alguna idea de desigualdad o temporalidad.
Pero ya sea que uno escoja usar la idea de la generación eterna o no, se tiene que afirmar la relación personal, eterna y de coigualdad del Padre y el Hijo. Lo menos que se debe hacer es basar la generación eterna en el Salmo 2:7.
La procedencia parece más ser un concepto bíblico basado en Juan 15:26. Berkhof lo define como “aquel eterno y necesario acto de la primera y segunda personas de la Trinidad por medio del cual, ellos, dentro del Ser divino, se convierten en la base de la subsistencia personal del Espíritu Santo, y ponen a la tercera persona en posesión de la plenitud de la divina esencia, sin ninguna división, enajenación o cambio”. (Teología Sistemática, p. 113).

La idea de la procedencia eterna tiene que apoyarse fuertemente sobre el tiempo presente de la palabra “procede” en Juan 15:26, un énfasis que a mi juicio está mal colocado. En realidad, el versículo no parece referirse en lo más mínimo a las relaciones mutuas y eternas dentro de la Trinidad, sino más bien a lo que el Espíritu haría para continuar la obra del Señor Jesús después de Su ascensión.
El concepto de la Trinidad económica concierne a las acciones de administración y gobierno de las personas, o las opera ad extra (“las obras de fuera”, es decir, sobre la creación y sus criaturas). Para el Padre esto incluye las obras de elegir (1 Pedro 1:2), de amar al mundo (Juan 3:16), y de dar buenas dádivas (Santiago 1:17).

Para el Hijo, enfatiza Su sufrimiento (Marcos 8:31), el redimir (1 Pedro 1:18), y sustentar todas las cosas (Hebreos 1:3). Para el Espíritu, contempla Sus obras particulares de regenerar (Tito 3:5), fortalecer (Hechos 1:8), y santificar (Gálatas 5:22–23).

Aun con toda la discusión y delineación que intentamos con relación a la Trinidad, tenemos que reconocer que esto es, en el análisis final, un misterio. Nosotros aceptamos toda la información como verdad, aunque va más allá de nuestro entendimiento.