Cuando se sigue al hombre…
Así pues, todo esto nada tiene que ver con las pretensiones de todos esos falsos “apóstoles modernos” que sólo piensan en asegurarse de que se hace lo que ellos quieren, o entienden que se debe hacer por parte de los demás que “acogen” bajo su regazo jerarquizador, ofreciéndoles una hipotética (y a todas luces falsa) cobertura, diciéndoles lo que tienen o lo que no tienen que hacer; creer o no creer; si no de forma directa, seguramente sí con sutilidad. Con el pretexto de ser “padres”, esperan que sus “hijos”, hagan lo que dicen, y si no, entonces están en desobediencia y rebeldía. Muchos de ellos, incluso esperan que se les diezme para así sellar espiritualmente su ministerio sobre ellos, cosa que la Biblia no enseña por ninguna parte. Jamás los verdaderos apóstoles de la Biblia buscaron los diezmos de las iglesias que plantaron o ayudaron a fundar. Sin embargo, muchos de estos falsos apóstoles, ávidos de encontrar congregaciones a las cuales poder echar mano, esperan esos suculentos diezmos de ellas, como prueba de que su ministerio es efectivo. ¡Vaya manera de vivir a costa de los demás! Y lo único que consiguen esas ingenuas congregaciones que se colocan bajo el “manto apostólico” de esos buscadores de lo ajeno y que encima les diezman, es una mayor atadura espiritual. En realidad lo que han hecho es venderse a esos hombres, a los cuales espiritualmente se atan. Por favor, ¡No busquen “coberturas” de hombres! La verdadera cobertura es la del Espíritu Santo, y ésta es de parte del Señor para toda verdadera congregación de Cristo, y para cada creyente de cada congregación (Ap. 2, 3). Pero estos falsos apóstoles esperan que sus subordinados se sujeten de tal modo que digan a casi todo “amén”, aún y sin tener convicción de las cosas. Argumentan que es una cuestión de gobierno espiritual; cuestión de obediencia. Muchos de ellos realmente lo creen así, y así lo enseñan. Conozco muy de cerca el caso de un amigo mío, pastor de una congregación por muchos años, que una vez su “apóstol” al cual ignorantemente diezmaba, le dijo lo que esperaba de él en cuanto a un asunto en concreto de naturaleza ministerial. Mi amigo le dijo al “apóstol” que eso no lo veía así, y la respuesta del “apóstol” fue: “Aunque tu no lo veas así, por la posición de autoridad y de responsabilidad que tengo sobre ti, deberías obedecerme aunque tú no lo entiendas, así es como funciona en el reino de Dios”. Si nos damos cuenta, ese “apóstol” se atribuyó el papel del Espíritu Santo, porque sólo Él, que es Dios, es digno de ser creído aunque no entendamos el asunto que se nos presenta delante. Esto, hermanos, ¡no “funciona así en el reino de Dios” como argumentaba ese falso apóstol! La obediencia ciega al hombre, no se encuentra en ningún lugar en la Escritura, sino todo lo contrario (Jer. 17: 5, 6). Si obedecemos ciegamente al hombre, por muy apóstol que se diga, estamos haciendo un dios de él, y nosotros quedamos atados espiritualmente bajo su dominio, más todavía cuando le damos nuestros diezmos. Leemos así al respecto: “Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció” (2 Pedro 2: 19b). Otra vez: ¡Cristo nos hizo libres!